Concursos de carteles (y II): La cruz

Comentaba el otro día cómo los concursos de carteles son la primera alternativa para un diseñador novel, la más aparentemente jugosa; y lo fue más en mi caso después de llegar y besar el santo. La experiencia, sin embargo, hizo mella en mi ser después de que la suerte -o la inspiración- no fuese tan propicia en las siguientes convocatorias. Poco después de resultar premiado en mi primer concurso decidí volver a probar suerte, esta vez yendo a por uno de los peces más gordos del estanque: el concurso de carteles de San Fermín, dotado con un premio de 5.000 euros y con más de 500 participantes de todo el mundo.

Cartel concurso San Fermín 2006La apuesta para esta ocasión fue un humilde diseño tipográfico realizado a golpe de Freehand, que es lo que se llevaba por entonces. Una vez tenía la idea, el trabajo fue rápido, incluso para quien por aquel entonces podría considerarse un rookie. Lo que no fue tan llevadero fue el tener que imprimir a 70×100 cm. sobre soporte rígido, un duro varapalo para el bolsillo. Por avatares del destino, o tal vez una conspiración en mi contra, el cartel no fue preseleccionado y ahora descansa en algún almacén del Ayuntamiento de Pamplona, como el Arca Perdida.

Aún probé suerte alguna otra vez por aquella época, pero entre la desilusión y el hecho de haber encontrado un trabajo “de lo mío”, el afán cartelístico se fue diluyendo.

No fue hasta 2011 cuando nuevamente volví a probar suerte con otro concurso, organizado por Civican (Pamplona). No recuerdo la cuantía del premio, pero era generosa, y además el ganador se imprimirá en una lona de varios metros cuadrados en el centro de la ciudad. Quise probar algo diferente para esa ocasión y decidí probar algo con pixel art isométrico, representando el propio edificio del centro cultural. La ejecución esta vez fue una obra faraónica, llevándose horas y horas de mi tiempo y llegando a pixelarme las retinas, si no recuerdo mal.

Tampoco esta vez el cartel fue seleccionado para la exposición, aunque en esta ocasión fue más sangrante para un servidor. No puede establecerse un criterio objetivo para la calidad de una obra pero… ¡qué demonios! El mío era mejor que muchos de los que estaban expuestos. Cabizbajo, iracundo y frustrado, alcé mi puño al cielo y a Dios puse por testigo de que nunca más volvería a emplear mi tiempo ni mi dinero en un trabajo de tan arbitraria recompensa, ¡sobre todo si no conocía a nadie del jurado!

Cartel para concurso Civican (Pamplona)

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